En Familia

La tecnología y los niños

A diferencia de nuestros padres, madres y de otras épocas en las que la vida sucedía fuera de las pantallas, hoy es innegable que los dispositivos electrónicos forman parte de nuestras vidas. Sin exagerar demasiado, sentimos que si por ejemplo nos olvidamos nuestros teléfonos móviles, es como si nos faltara un pedazo de nuestro cuerpo. Si se corta la luz, si nos quedamos sin señal de wi-fi rápidamente aparece la ansiedad y no sabemos qué hacer porque estamos acostumbrados a vivir conectados a nuestros aparatos más que hacer el ejercicio de encontrarnos con el otro.

Suele ser muy frecuente como humanos, que fácilmente identifiquemos lo que está mal en el afuera sin darnos cuenta verdaderamente que lo que molesta afuera es una proyección de lo que tenemos que resolver en nuestro interior al mismo tiempo.

La tecnología y los niños: uso y abuso

Desde está perspectiva fustigamos a nuestros hijos a que no se excedan con el uso de pantallas, juegos, etc. y al mismo tiempo que lo hacemos sin pasar ni un minuto, nuevamente estamos atrapados por las pantallas de nuestros teléfonos (siempre es algo urgente, importante, impostergable, pero nunca es tan así). Nos enojamos cuando nuestros hijos nos piden un rato más, pero nosotros no podemos dejar de depender de esos aparatos que encima parece a propósito nos sirven para todo.

No quiero demonizar la tecnología como herramienta y recurso. Realmente hay momentos en los que es mejor que nuestros hijos utilicen estos dispositivos porque son parte de sus vidas desde que nacieron y en su contexto es así. Pero una cosa es el “uso” y otra es el “abuso”: cuando necesitamos ocuparnos de otra cosa -como por ejemplo preparar la cena- puede ser un recurso; el problema llega cuando se convierten en “chupetes tecnológicos” que generan niños estupidizados, hijos de padres y madres que llegan a un límite de hartazgo y  que prefieren que el niño esté tranquilamente embobado pero no los moleste más.

 

 

Como sociedad, estamos criando generaciones futuras que prefieren estar sumergidas en el mundo virtual a vincularse personalmente, y por supuesto, la idea no es sentirse culpable ni asumir toda la culpa como padres y madres, pero es nuestra responsabilidad como agentes de socialización primaria estimularlos a hablar, a expresar lo que sienten y a vincularse en vivo, en un verdadero contacto con el otro.

Si lo hacen descubrirán que si hay palabras, que si soportamos mutuamente el incómodo silencio hasta que aparece lo que tiene que aparecer nos vamos a nutrir todos:  padres, madres e hijos,  y entonces llegará el  tiempo para el maravilloso e intrigante mundo cibernético y otro para el irreproducible y difícil de emular mundo exterior, donde experimentar con todos nuestros sentidos y ensayar todas nuestras conductas.

 

Post en colaboración con: Mauricio José Strugo – @mauriciostrugo
Psicólogo- Terapeuta Gestalt- Especialista en Parejas y familias
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